Blog: Soñadores de perspectivas / por Roberto Merino

Hace poco, en un programa de televisión sobre Santiago, Alberto Fuguet caminaba por el centro hablando de su relación biográfica con la ciudad. Lo que le interesaba mostrar a la cámara era no tanto lo que ocurría a nivel de la calle como lo que se veía al dirigir la mirada hacia los pisos superiores de los edificios. Fue un buen ejercicio: esa leve inflexión del objetivo hacía aparecer ante nuestros ojos aquella arquitectura –severamente moderna o caprichosamente gótica– en la que nunca nos fijamos.

Es claro que nuestros desplazamientos urbanos tienen antes que nada una orientación horizontal. No somos paseantes, ni mucho menos contempladores, sino ciudadanos un poco estragados que en los días de máximo stress llegamos a sentirnos como pelotas de flipper rebotando a merced de los forzosos y bullangueros acontecimientos. Mayoritariamente somos, como los chercanes,  pájaros de suelo, y sólo al terminar el día nos retiramos a las alturas de nuestros departamentos, donde, con toda razón, preferimos ver la televisión antes que mirar por la ventana.

Parece que sólo los enamorados buscan los miradores de los cerros al anochecer (indiferentes a la probable presencia de psicópatas en las inmediaciones). Pero los enamorados están en cierto modo fuera de la vida corriente, sustraídos por el vórtice de emociones fugaces e intensas. No pertenecen, al menos en los momentos cumbres del romance, a la esfera de la normalidad.

En ocasiones la arquitectura de la ciudad se nos hace visible, evidente, y cuando esto sucede siempre es causado por una mediación: una foto del pasado, un estado de ánimo distinto al habitual, una súbita curiosidad, el efecto secundario de un remedio. Yo me sorprendí hace un tiempo al revisar un libro sobre las mansiones el barrio sur poniente. ¿Qué era eso? ¿Italia? No, simplemente el registro de lugares por los que había pasado muchas veces sin ver nada.

Thomas de Quincey, en sus Confesiones de un opiómano inglés, analiza sus sueños de naturaleza arquitectónica, que él vincula a los grabados de Piranesi y que han nacido alterados por la droga. Escaleras infinitas, perspectivas inútiles, laberintos patibularios, todas esas vertiginosas posibilidades visuales hervían en su mente. Piranesi, un hombre del siglo XVIII, se entregó a delirios similares en el estricto marco de la arquitectura romana, particularmente en sus Cárceles, donde intervino sus bosquejos de las ruinas del imperio con el material de sus pesadillas.

El caso de Piranesi es extraño. Quiso ser arquitecto y lo conocemos como artista, si bien se inició en el grabado ilustrando las primeras guías turísticas. Influyó en el neoclasicismo, en la novela gótica, en el romanticismo y fue celebrado también por los surrealistas. Fue, de otro modo que Ucello, un soñador de perspectivas. Aun en sus grabados más convencionales se vislumbra una atmósfera onírica o misteriosa. Se puede afirmar de él lo que dijo Schwob sobre Stevenson: que su realismo provoca un efecto de irrealidad.

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Columna publicada por Roberto Merino el 23 de mayo de 2010 en El Mercurio


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